jueves, 2 de mayo de 2013

La Lejana Sociedad de los Sueños



 “La Lejana Sociedad de los Sueños”.
Reflexiones en la Incertidumbre

Pablo A. Oporto A.
Profesor de. H. G. y Ed. Cívica
Ufro


  “Nada de lo que somos testigos hoy se parece a nuestros antiguos Sueños del futuro”


Introducción


Desde el presente no es fácil mirar hacia atrás y creer que hace casi cuarenta años una gran parte de la sociedad chilena confiaba en alternativas de sociedad que – aunque tenían sus orígenes en desarrollos históricos distintos al nuestro – formaron parte de su presente y de sus sueños sobre el futuro, que aquí hemos traducido como los sueños de una sociedad que se agrupó, se organizó, enarbolo emblemas o símbolos que la identificaban como la heroica y fresca sociedad que traería la autodeterminación y un endógeno proyecto económico, social, cultural, el cual lo menos que tendría sería de incertidumbre. Sensación que se evidencia y que rodea el contexto histórico del autor de estas líneas: contexto histórico actual, ausente de sueños colectivos y utopías redentoras y emancipadoras de origen profano.

El capitalismo secularizante más extremo montado en un neoliberalismo el cual en Chile está terminando de difuminar las últimas ideas de “revolución” desde abajo para apropiarse del concepto y eternizarlo como aquella “revolución silenciosa” llevada a cabo por el Régimen Militar y que en estos momentos es administrada por quienes en un momento la impugnaron. (1)

¿De qué sociedad Chilena anclada en el pasado hablamos? ¿Cuáles eran algunos ritos de su convivencia colectiva? ¿Qué acciones y nociones de su presente eran válidas para el cumplimiento de sus sueños? ¿Cuáles eran sus inspiraciones?. Por el contrario, ¿Cuál es el tipo de sociedad chilena que deambula por nuestras calles hoy? ¿Qué ha sucedido con las motivaciones, inspiraciones y acciones de la sociedad chilena después de treinta años? ¿Cuan profunda fue, en un ámbito social, la obra refundacional nacional propiciada por el Régimen Militar?. Estas y otras preguntas intentaremos responder en este artículo, el cual tiene el objetivo de esbozar los cambios de algunas conductas sociales colectivas de los últimos años, en relación a otras conductas del mismo tipo que cristalizaron en los primeros años de la década del setenta en el siglo XX, después de un largo periodo de maduración y que fueron abruptamente alteradas y transformadas por los cambios políticos, económicos y culturales que vivió Chile a partir del golpe de estado del martes 11 de septiembre de 1973. 

“La sociedad de los sueños”. Un transito de quince años

            Cuando hablamos de una sociedad de los sueños lo hacemos aludiendo a un gran numero de chilenos que adhirieron a proyectos de transformación social global entre el cincuenta y ocho y el setenta y tres y, entre estos, el proyecto socialista representado por la figura de Salvador Allende G. quien llega a la presidencia de la república en 1970. Sin embargo, desde antes de esos acontecimientos el clima social que se vivía en Chile era característicamente y colectivamente participativo, sobre todo después de la elevada votación obtenida por Allende en  su segundo intento por llegar a la  moneada en la elecciones presidenciales de septiembre de 1958.

            A partir de entonces, el movimiento obrero comenzó a recuperarse; la misma alta votación reflejaba el proceso de politización creciente de las masas obreras y campesinas que, enteradas además, del triunfo de la revolución cubana, en 1959, ven reanimadas sus expectativas políticas y sindicales (2), ante lo cual las calles serán, en los sucesivos años, testigo de multitudinarias marchas  y protestas del movimiento sindical reivindicativo, lo que al mismo tiempo era un reflejo de la rebeldía justificada de quienes hasta ese momento no participaban equitativamente de las riquezas de un modelo económico (ISI) que ya se comenzaba a cuestionar. Si a ello sumamos la posibilidad real de obtener el poder a través de los partidos políticos que se identificaban con sus demandas, el clima propicio para salir a las calles o articularse a alguna forma de participación política proclive a alguno de estos partidos o, en el caso contrario, sumarse a la oposición a estos, era una cuestión altamente factible y hasta necesaria.

             Progresivamente el carácter reformista y revolucionario que marcó el clima social y cultural a partir del sesenta empujó a la sociedad a la empresa de transformación global de esta. En este sentido, la hegemonía de los partidos políticos, desde las primeras décadas del siglo XX, en su rol canalizador de las demandas de la sociedad civil se orientaba, ahora, a acoger ideologías fuertes y cerradas. En efecto, el centro representado por la Democracia Cristiana acogió el Socialcristianismo y la “Revolución en Libertad”; la izquierda, por su parte, adhirió al marxismo y la “Vía Chilena al Socialismo”, proyecto que cristalizó en la Unidad Popular (3) que alcanzaría el poder en 1970 y lo mantendría hasta el 11 de septiembre de 1973.

            La derecha, por su parte, unificó sus viejos partidos históricos en el nuevo Partido Nacional donde la tradición liberal se diluye y toma fuerza  una “política de restauración autoritaria de la hegemonía de las principales clases burguesas”(4). Sin duda que estos proyectos eran el reflejo de los sueños de una sociedad que creía fielmente en las acciones concretas para alcanzarlos. Sin embargo, la derecha (política y económica) no representaba estos sueños, mas bien representaba la noche que los cubría en su afán histórico de dominar todos los campos de la sociedad, sea cual sea el sueño o anhelos de los que no se identifican con ella.

            En este contexto podemos advertir que las razones para que la sociedad se movilice en torno a sus demandas abundaban y aquella generación que fue testigo de estos hechos lo comprendía así hasta el martes 11 de 1973, día en que todos los sueños de una generación rebelde “con causa” fueron truncados.    

            La década del sesenta como vemos esta llena de todos esos procesos emergentes tendientes a la transformación global de la sociedad – progresiva o radicalmente- y que tendrá sus mayores conquistas en los excluidos (campesinos, obreros, urbano – marginales, mujeres, etc) y en una juventud de clase media y culta que “inician su emancipación y reelaboran sus comportamientos a la luz de una nueva ética de valores juveniles” (5).

            No hay duda de que la experiencia cubana (1959) fue un hecho inspirador  para una generación completa que soñaba con la transformación social definitiva, en especial para una juventud que ocupaba cada vez mayores espacios bajo la real convicción de que las transformaciones históricas estaban determinadas por ellos. Si no es así – permítannos un ejemplo externo a Chile – como entender entonces el movimiento revolucionario estudiantil de París en mayo de 1968 que también agrupo a juventudes obreras y que repercutió posteriormente en estudiantes y obreros de la misma condición en Polonia, las antiguas Checoeslovaquia y Yugoeslavia, Alemania, entre otros países de Europa (6); como entender entonces la intensa actividad política y la contingencia a la orden del día que se vivía en las universidades chilenas a partir de la década del sesenta y que se acrecienta hacia finales de esta con el claro ejemplo de la noche en que Allende, después de su triunfo electoral en 1970, “habló ante miles de jóvenes congregados bajo el balcón del FECH en el marco de una celebración multitudinaria”(7). Vemos, de esta forma, un espectro de grupos sociales en busca de sueños y deseos de cambiar y rechazar lo que no sienten como propio y justo o menos como herencia de su generación en el caso de las juventudes movilizadas.

            Durante los tres primeros años de la década del setenta – dos y algo más para ser un poco más precisos – chile vivió cambios de alcance social que eran concretables sólo en décadas. Según J. J. Brunner, en estos años se experimenta “el avance de un sentido de igualdad en las relaciones sociales, la conquista de los espacios públicos por las masas, el intento de reorganizar la economía al servicio de las mayorías y de ensanchar la participación de ellas en todos los planos de la vida colectiva” (8), como si parte de los sueños se hubieran cumplido o cristalizado en estos cortos años para las múltiples organizaciones civiles, para las mujeres que asumen roles mas activos, para los jóvenes de espíritu progresista dueños de ese “optimismo histórico” que recorre la nación, en fin para “la sociedad de los sueños” según nuestra presunción.

            Ahora, mas allá de las tomas de fundo e industrias no planificadas y de iniciativa popular que fueron una expresión “catártica” (9) de los sueños alcanzados, también fueron la expresión de la lógica que hemos retratado en las líneas anteriores: el pueblo particular y concreto (entiéndase mujeres, jóvenes, obreros, urbano – marginados, entre otros) se vivía así mismo como real protagonista de los procesos de transformación global de la sociedad, es decir, como un “sujeto de la historia” en el sentido del control que tenía y percibía de las transformaciones que estaban desarrollándose.

             El mismo cuatro de septiembre de 1970, por la noche, la masa que ocupaba la Alameda no era amorfa ni era la expresión de “individuos dispersos”, sino que era una “comunidad que expresaba su alegría”, expresión que no tenía sólo el carácter de una celebración; “también era el primer movimiento de una batalla:  movilizarse era una acto de alegría pero también una demostración de fuerza” (10), lo que refleja el nivel de participación, acción y compromiso con la realización de sueños largamente anhelados que la sociedad de estos años tenía.
            La expresión de los sueños en estos cortos años se reflejó, según T. Moulian (1988), en el desplazamiento del “yo”, como conciencia de individualidad, por el “nosotros” en la acción colectiva: por medio de la militancia a las organizaciones políticas o sociales; por medio de la adhesión a marchas y manifestaciones, “expresión de energías vitales de protesta y rebeldía”; por medio del involucramiento permanente por lo público y menos de lo privado. Las acciones colectivas eran llevadas a cabo por grupos antes, incluso hoy, inimaginables: transportistas, comerciantes, amas de casa (11). “Chile fue entre 1970 y 1973, una sociedad movilizada, dinámica, en la cual muchos individuos se vivían como actores de los procesos históricos (...), se tuvo la conciencia de ser sujetos” (12); en otros termino se tuvo la conciencia de ser una pieza clave de los procesos con el beneficio directo y justo del éxito de este y no el objeto que sólo consume y se manipula en beneficio del mercado, del mal entendido “bien común” o del progreso “nacional”.

            En definitiva, pensamos que desde los últimos años de la década del cincuenta en adelante Chile será testigo de involucramientos colectivos en proyectos de transformación social global - paradigmas de un periodo- donde se tenía conciencia del futuro si el éxito acompañaba a los proyecto, para lo cual la sociedad se movilizó, asumió acciones concretas, se comprometió y se asumió en el “nosotros”; mujeres, campesinos, obreros, jóvenes, en fin, los excluidos percibieron la real posibilidad de alcanzar sus sueños; sueños que tienen su corolario en los tres primeros años del setenta hasta el “golpe”, momento en que la sociedad de los sueños es atropellada, atormentada y empujada al precipicio de sus temores, desde donde sólo muestra señales en quienes con nostalgia nos señalan a ratos que “hubo una vez”... 

Reflexiones en la incertidumbre

A partir de lasa reflexiones anteriores tenemos la presunción de que vivimos – a casi cuarenta años después de la sociedad de los sueños- en el antónimo de aquel momento en que los símbolos, emblemas y compromisos colectivos estaban a la orden del día.

            Después del setenta y  tres surge en los “vencedores” la idea de de refundación nacional, especie de tabla raza en que se reorientaría a la población “en cuanto a sus lealtades políticas, sus valores colectivos, su memoria histórica, sus formas de convivencia y de imaginación del futuro” (13); en el fondo se echarían por tierra – al igual que el respeto a los derechos humanos- los sueños de una sociedad que anhelaba reconstruir y vivir un país bajo sus legítimas y particulares formas de justicia, entendida esta en todas sus formas.

             En retrospectiva, y sentados en la incertidumbre, el alcance de esta refundación es trágica, por el derrumbe que hizo de los logros alcanzado en los años anteriores al golpe, y contradictoria por la inversión de valores sociales, mencionados en el párrafo anterior, que se empeño en alcanzar. Sin duda que las sociedades, a través de periodos más o menos largos, avanzan y con ese avance también  se modifican conductas, percepciones, la forma de ver y vivir el mundo. Sin embargo, el Chile de hoy, a casi cuarenta años del golpe, no tiene relación y representa, para nosotros, el antónimo de la sociedad de los sueños descrita en la primera parte de este ensayo, con todas las contradicciones que emanan al colocarlas frente a frente buscando vínculos que, talvez, son hilos demasiado delgados y que aun así impiden reconocernos en el pasado desde un presente que, mirando hacia atrás, nos parece hasta ajeno, con el temor y la incertidumbre que provoca, considerando que el piso que nos muestran como proyecto de sociedad ( proyecto de secularización capitalista neoliberal y globalizante) hacia el futuro, es tan incierto como el germen de su pragmatismo originario.

            Siguiendo las ideas planteadas en la primera parte de este ensayo advertiremos las contradicciones patéticas entre lo que hemos denominado la “sociedad de los sueños” y “la sociedad de la incertidumbre”, que en dominio de todos nuestros sentidos percibimos hoy.

            Si recordamos la fuerza que toman los movimientos sindicales reivindicativos partir de fines de la década del cincuenta con gran parte de los obreros afiliados a sus sindicatos y participando en alguna forma de acción reivindicativa, la situación actual nos parece un cuento inventado por alguien, ya que los datos nos muestran que de sobre una fuerza de trabajo de mas de cinco millones de trabajadores al finalizar la década de los noventa, sólo en 1993, por ejemplo, la fuerza laboral sindicalizada era de 13,7% y disminuyendo progresivamente (14). En este sentido, la falta de grandes metas, la precaria legislación laboral, la desconfianza en los individuos, herencia del régimen militar; la desconfianza en los lideres sindicales ligados generalmente a partidos políticos desprestigiados y deslegitimados por mas de quince años (durante el régimen militar) coincidentemente con el fracaso de sus proyectos de sociedad a nivel mundial (caída de los socialismos reales a partir de 1989); entre otras causa, explican, a nuestro parecer, esta desmotivación directa hacia la sindicalización, o en otras palabras, a la no participación en proyectos colectivo- sindicales. Cabe mencionar también causas originadas por los propios tiempos que vivimos marcados por la apología a la individualidad (el éxito sólo es el producto de un esfuerzo mas personal que colectivo) producto de un neoliberalismo que entre sus principios “el individuo es el actor fundamental del sistema social. No son los grupos, las clases sociales o las instituciones. Tampoco lo es el Estado – Nación” (15). Nada mas confirmatorio que esto si además consideramos que el modelo económico chileno impuesto por el régimen militar (el modelo neoliberal) es uno de los más “perfectos” del mundo. ¿Es posible volver a enarbolar banderas y emblemas de la lucha reivindicativa delante de millares de obreros  mujeres, jóvenes, excluidos de todo tipo, que no sólo son individuos dispersos, sino una masa compacta con lenguaje, pensamiento y sueños de futuro común? No lo se.

            Los proyectos globales de transformación global de la sociedad de los sesenta y setenta sólo muestran destellos; hoy quedan sus representantes en un rincón de algún lugar, ya que sus “metarrelatos” de potencia unificadora, legitimadora y de emancipación (herencia de la modernidad) se han convertido en “minirrelatos” (16) sin grandes principios y “que constituyen juegos provisorios y susceptibles de lenguaje” (17). Los “metarrelatos” se justifican solo por la base que tenían en una masa colectiva y en la convicción de esta en esos grandes principios emancipadores o liberadores. No se podía pensar sólo que la revolución socialista era viable en la medida que la cultura crítica- ilustrada lo viera como una necesidad histórica (18). Eso es correcto si observáramos que la masa colectiva desechó el proyecto socialista para refugiarse en la religiosidad, el hedonismo, el esoterismo, el comunitarismo popular (19). Todos refugios sin grandes principios y sin grandes masas dispuestas a soñar con un futuro diametralmente opuesto al que los tiene vacíos  de ideas, de metas a largo plazo en el que sólo se vive el día a día.

            La lógica del individualismo y de lo privado por extensión mas el supuesto que “todos los caminos llegan a Roma” se hace patente en el contexto anterior si tomamos a Roma como el paradigma de la sociedad actual (globalización) y a los caminos como los múltiples movimientos sociales – distintos a los tradicionales partidos políticos – que sin un laso común entre ellos – solo la crítica al hegemónico paradigma – inhiben la fuerza para crear un sueño colectivo y mas bien toman la forma de atomizaciones siguiendo el modelo de diversidad social y cultural del cual la globalización y sus defensores hacen apología.

            En esta línea es que también los partidos políticos, otrora grandes canalizadores de las demandas civiles y/o populares hacia el Estado, además de receptores y motor, al mismo tiempo, de los flujos de participación colectiva, hoy pierden relevancia y referente frente a los nuevos tipos de movimientos. Un ejemplo concreto sobre esto es que en el segundo Foro Social Mundial de Porto Alegre en el 2003 que tuvo el carácter de alternativo donde se reunieron diversos tipos de organizaciones e intelectuales críticos del sistema de globalización, ningún partido político tradicional fue acreditado al foro; dato que refuerza la crisis de los partidos tradicionales en una sociedad que ya no les cree o imbuida en la lógica del modelo paradigmático actual ha buscado atrás salidas a su, siempre inherente, fuerza liberadora, ahora reducida sólo al individuo o a los nuevos movimientos sociales – que suman y siguen- y menos a los antiguos portadores de la emancipación popular, los partidos políticos.

            Los nuevos movimientos sociales (o grupos de base, u organizaciones populares) al tiempo que son de múltiple carácter, también privilegian “lógicas mas autónomas de dinámica social y formas menos instrumentales de práctica política; y la revaloración de la democracia en un sentido ancho y profundo” (20). Aunque la valoración de la democracia es algo positivo y que por lo demás debe ser inherente a todo movimiento social que se tache de tal, en la lógica de los nuevos movimientos los vínculos entre sus integrantes tienden a ser tenues desde el punto de vista que  los valores sociales – negativos a la hora de crear lasos colectivos fuertes- de estos tiempos como el individualismo, la diversidad, la autonomía, el descompromiso se introducen en estos movimientos generando facciones, grupos de apoyo mas que de acción, colectivos, nuevas organizaciones, etc generando un panorama hostil en vista a la construcción de un sueño de emancipación y redención con arraigo en una sociedad con sueños reivindicativos comunes, rasgo que era el mas notorio de nuestra “sociedad de los sueños”.

            De los que hemos dicho anteriormente, surge entonces la instancia por saber o conocer las motivaciones por las cuales la actual “sociedad de la incertidumbre” se moviliza y – talvez – enarbola emblemas y valores colectivos. La respuesta la podemos encontrar en las reacciones contra el paradigma secularizante capitalista (la Globalización) el cual genera aprensiones a un nivel identitario, pero estas reacciones no tienen lasos que las unan en un gran proyecto de transformación social que las una; estas reacciones son defensivas y fundamentalistas a modo de “atrincheramiento antisecular” bajo la perspectiva de culturas cerradas (21) en que los lasos identitarios frente al bombardeo de códigos culturales foráneos se fortalecen provocando “choques entre identidades culturales atrincheradas” (22). Estos atrincheramientos no pretenden tener una actitud ofensiva hacia el paradigma dominante, sino mas bien defensiva, es decir, protegiéndose de elementos contradictorios con la tradición de estos grupos culturalmente atrincherados.

            El Opus Dei y su oposición a la liberalidad de costumbres que provoca el paradigma dominante; los movimientos violentos de izquierda; el fundamentalismo indígena (23), son ejemplos de los móviles que actualmente atraen a grupos sociales importantes de una sociedad diversa como la nuestra. La atomización de los movimientos sociales queda en evidencia y las probabilidades de unir fuerzas en proyectos comunes son cada vez menores. “Dividir para reinar” se decía en el pasado explícitamente; realidad patente en nuestros días en que integrados y excluidos se alejan con enormidad y entre los propios excluidos la atomización de sus demandas y movimientos reivindicativos tienden a hacerle el juego al paradigma dominante, ya que al atomizarse pierden fuerza frente a una paradigma que se expande bajo los únicos límites de sus capacidades.
           
En este escenario lo jóvenes no se sienten atraídos por causas comunes o por sueños de transformación social, mas bien se muestran apáticos, desilusionados sin fermento revolucionario, ya que este no se encuentra instalado “en el centro de los afanes humanos” (24) y las generaciones post- revolucionarias perciben que el fervor de sus antecesores en los proyectos revolucionarios es “una evidente aberración de la perspectiva sentimental” (25). A lo mucho, según Hopenhayn, los jóvenes podrían tomar opciones entre la tradición de los fundamentalismos o la liberalidad hedonista del paradigma globalizador. Pero esta visión de Hopenhayn está por verse y lo que hoy cuenta y se constata es aquella idea de que los jóvenes “han abandonado la lucha política y sus reivindicaciones, y las han reemplazado por el acceso mas amplio al consumo”(26) a través del medio mas clásico por estos tiempos, la tarjeta de crédito o en el peor de los casos formas menos lícitas. Sin embargo, y sea como sea, a treinta años de la “sociedad de los sueños” las razones y las inspiraciones para generar los proyectos de transformación social están dispersos y ausentes de las masas, en una masa también aturdida por el consumo, las formas (mas que el fondo) la eficiencia ineficiente (excesivas horas de trabajo y baja productividad de los chilenos), el éxito personal mas que colectivo, etc. En este sentido FLACSO ratifica esta cuestión al dar cuenta, en un trabajo estadístico,  que la sociedad chilena es cada vez mas egoísta, individualista, menos respetuosa de los demás, menos sana moralmente y, lo que es aun peor, mas agresiva (27). Ahora, si la “refundación” social del Régimen Militar consistía en lograr estos valores negativos en la sociedad chilena pueden estar satisfechos, pero quienes conocieron hace un poco más de treinta años la sociedad de los sueños colectivos no pueden estarlo y mas aun cuando estos últimos saben que los excluidos nunca han logrado reivindicaciones individualmente y que en las circunstancias actuales la posibilidad de unir fuerzas colectivas es cada vez menor.          

En la incertidumbre los excluidos están solos, sin la esperanza ni el sueño de revolución que hace treinta años enamoraba y conquistaba su espíritu de proletario, campesino, urbano – marginal, de mujer exigiendo igualdad de oportunidades, entre otros espíritus en busca de un reino, el de los pobres y los excluidos. En momentos en que las desigualdades sociales se agudizan y siendo Chile uno de los países con peor distribución de la riqueza en el continente, la situación de los excluidos, sin sueño revolucionario, es como el paraguas ausente en el día mas lluvioso del invierno. Los excluidos hoy solo conquistan imágenes televisivas de los integrados a estos tiempos, o las imágenes de un lindo barrio y un gran Mall que divisan desde la ventanilla de un micro. Talvez por ello es que los excluidos ya no buscan su redención y emancipación en la tierra a través de metarrelatos seculares - posiblemente están cansados, decepcionados, desesperanzados-, sino que los buscan en el cielo a través de la proliferación de religiones y/o proyectos celestiales. Talvez algunos ni siquiera han escogido esta salida, sino que se han sentado frente a un televisor esperando algún contenido que satisfaga sensaciones temporales (estelares nocturnos, reality show, repetidos goles y comentarios de fútbol, teleseries, etc) resignados a que la solución a sus problemas – que son los de muchos- no pasan por sus manos; en este escenario el ser objeto desplaza al valor de ser sujeto.    

Esto último nos lleva a pensar sobre lo prescindible que somos hoy como sujetos de la historia o siendo protagonistas y constructores de esta. Claramente la sensación es que la historia y el mundo “parece completándose siempre desde otros, y descompletándose para nosotros mismos” (28). En efecto, las fuerzas del impacto tecnológico, del mercado, de la transnacionalización de la cultura, nos hacen sentirnos tan pequeños y ajenos a su control que cualquiera acción tendiente a lo contrario se asemejaría a acciones “cinematográficas” (29). En esta perspectiva, de ser sujeto de la historia nos hemos transformado en objetos  de esta; de ser constructores de sueños hoy no nos dejan dormir para construirlos (hoy se hace apología a la productividad y eficiencia individual con la permanente exposición a entretenciones hedonistas). En la incertidumbre, ser sujeto “es historia”; en la incertidumbre ser historia es ser objeto avaluado, tranzable y consumidor obsesivo en función de necesidades que construye un mercado “regulador” y sus fuerzas – supuestamente -  invisibles, pero que en definitiva han tomado el control de las acciones a lo que algunos no les queda mas que decir “así es la cosa, que le vamos a hacer”, cuando en esa frase esconden y legitiman las  fuerzas que están construyendo la historia por ellos, excluyéndose, además, del protagonismo que antes significaba ser constructor de los procesos históricos en una “sociedad de los sueños” que frente a la actual esta última nos parece irreconocible: experimento “refundacional” fáustico, “Made in Chile”, que en la incertidumbre sufre de insomnio y/o ausencia de sueños redentores que la sociedad de los sueños tenía en abundancia.

Conclusión                                                      

            Desde la sociedad chilena actual, a casi cuarenta años del golpe militar y del derrumbe de una sociedad que abrigaba sueños colectivos, el diagnóstico es una diametral oposición entre las dos sociedades aquí brevemente descritas, donde el proyecto “refundacional” del Régimen Militar marca el hito de las transformaciones sociales el cual en sus logros “macroeconómicos”  inauguró valores contradictorios con la sociedad chilena vivida por nuestros padres, algunos, testigos jóvenes del periodo Pre – Régimen Militar. La lucha colectiva por el reconocimiento fue reemplazada por el reconocimiento atomizado e individual a través del consumo. La posesión de objetos, en lo posible aceptados socialmente, sustituyó los logros colectivos y a la vez la lucha colectiva (30). Con violencia, represión y desconfianzas entre los ciudadanos la participación colectiva en diversas formas de reivindicación se tornó tenue e incluso peligrosa; la vida estaba en juego y esos lo sabían y manejaba la cúpula del Régimen Militar y sus asesores quienes sin mayores oposiciones sentaron las bases de un tipo de sociedad actual sin sueños de revolución y perfilada en y hacia una incertidumbre ante la cual un “mercado regulador” no es precisamente el mejor “guía espiritual”, aunque talvez nunca pretendió serlo, y por tanto, se requiere refundar bajo nuevas premisas los valores colectivos de una pasada, pero destellante  “sociedad de los sueños”.